Lo primero que impactó a Roberto Garretón en una tibia y soleada mañana de abril fue el monumento emplazado en el Patio Central de la Universidad de Playa Ancha. Una creación que erige con actitud y fuerza dos manos al cielo que se estrechan para reconstruir una parte de la historia chilena, vinculada al relato que el destacado abogado entregara en el marco de la inauguración del Año Académico 2009.
Específicamente, el tema que une este tradicional monumento por la vida y la clase magistral de Roberto Garretón son los Derechos Humanos y su preponderancia práctica –no sólo discursiva- en un mundo “en cuestión” ante la crisis financiera mundial y los coletazos que la nueva configuración podría traer a los sectores más desposeídos y marginados del orbe.
Un tema que revisa páginas importantes de la historia de los últimos 100 años. Un período marcado por los dos grandes enfrentamientos bélicos, la Guerra Fría y la caída de paradigmas sociales y políticos que impactaron de manera diversa en las naciones latinoamericanas.
Esos relatos y su conexión entre ellos fueron materia de la conferencia que abordara Roberto Garretón, director del capítulo chileno del Ombusdman, y quien además fuera jefe del área jurídica de la Vicaría de la Solidaridad durante la dictadura militar de Augusto Pinochet, y comisionado, en 1997, por el Secretario General de la ONU con el fin de evaluar la situación de guerra en la República Democrática del Congo (el antiguo Zaire).
Bienvenido a la Universidad de Playa Ancha…
“Yo tengo una política: donde me invitan voy porque los defensores de los Derechos Humanos somos invitados a muy pocos lugares pues, lamentablemente, hay gente que le tiene miedo al tema. Entonces, cuando hay un espacio donde expresar ideas que nacen -más que del estudio- de la reflexión que viene del actuar estoy presente”.
¿Cuándo decide jugar un rol en el tema de los Derechos Humanos y hacer de su vida un continuo en este importante tema?
“Trabajé en una empresa del Estado hasta el 73, es decir, tenía mi estudio de abogados. Yo no era allendista tampoco, era opositor al gobierno del Presidente Allende, aunque había opositores, como yo, que no éramos golpistas. Por tanto, el Golpe me produjo una violencia brutal y desde el 12 de septiembre comencé a preocuparme por el tema de los Derechos Humanos.
Mi primera actividad al salir de casa –cuando pude hacerlo- fui ir al centro de Santiago y comprarme un Código de Justicia Militar, porque toda la información que llegaba indicaba que se estaban haciendo Consejos de Guerra. Comencé, además, a vincularme con abogados y políticos para hacer algo, hacer frente a estas cosas horrorosas que estaban ocurriendo y de lo cual tampoco teníamos muchos detalles.
Yo no había escuchado la palabra “detenidos desaparecidos”; para mí las palabras más siniestras eran “Estadio Nacional; “Estadio Chile”; “Dawson”; “Consejo de Guerra”; “Ley Militar”; “Bandos Militares”. Cuando supe, aunque me habría gustado saberlo antes, que se había formado en 1974 el Comité por la Paz, que es el antecesor de la Vicaría de la Solidaridad y QUE NO DEBE OLVIDARSE, porque es una cosa absolutamente inédita en el mundo: que se junte la Iglesia Luterana, la Iglesia Católica, la Iglesia Bautista, la Iglesia Metodista, la Iglesia Ortodoxa, y el Gran Rabinato de Chile en una sola institución para defender los Derechos Humanos con una celeridad notable. Se tiene que disolver después por problemas internos pero también por una orden perentoria de Pinochet que decide disolverla y se crea, entonces, al interior de la Iglesia Católica de Santiago la Vicaría de la Solidaridad.
En la Vicaría la palabra “detenidos desaparecidos” comienza a aparecer cada día más; las palabras “desaparecido”, “desaparecidos”. Entonces, ahí reflexionamos con abogados que la palabra desaparecido no significaba nada, porque incluso hay una institución jurídica muy respetable, que sirve mucho, de la “muerte presunta”, gente que se va y nunca más vuelve. Entonces, ¿cuál es la muerte presunta? La desaparición. Hay que distinguir esa desaparición, que existe siempre y en las mejores democracias, con esta nueva institución que es eminentemente política: la figura de los “detenidos desaparecidos”.
Conversando, muchos años después, con un alto político chileno él me comentaba que le había impactado unas declaraciones que yo había realizado en una entrevista. Tú dijiste que todos los detenidos desaparecidos habían sido detenidos vivos. Cuando Jarpa o Sergio Fernández dicen que en toda guerra hay desparecidos yo digo no: porque aquí fueron tomados vivos, llevados vivos, subidos a un camión vivos, ingresados a la CNI o a la DINA vivos, y después nunca más se sabe de ellos.
En la Vicaría fue el lugar donde trabajé hasta el último día de la dictadura”.
¿Qué nos ha ofrecido la transición chilena en materia de Derechos Humanos?
“Hoy corresponde que el Estado adopte políticas públicas para terminar con las realidades de discriminación. El punto está en que los Derechos Humanos deben definirse como un proyecto políticos universal; es decir, es un proyecto, una idea de futuro por la cual debo esforzarme y que supone todos los Derechos Humanos: civiles, culturales, económicos, políticos y sociales. No basta con hablar de Derechos Humanos ni basta con no violar los Derechos Humanos, porque lo que nos ha ofrecido la transición que tenemos en Chile es que no se violan los Derechos Humanos -y los casos que hay son marginales- y no producto de una política sistemática del Estado que busque torturar o marginalizar. No basta con eso.
Lo que hay que hacer son políticas de Derechos Humanos; es decir, que en cualquier política pública lo que realmente se esté buscando sea satisfacer un Derecho Humano. Me explico; cuando el Ministro de Obras Públicas tiene diez millones de dólares y no sabe que hacer con ese dinero, puede optar en hacer un tercer piso del aeropuerto Pudahuel o construir una carretera a Farellones o construir un hospital. Eso falta para todos los ámbitos de la vida política; no se puede ser indiferente a la dignidad humana”.
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