Hablar de inclusión, es mucho más que tener rutas de acceso, ascensores o campanas de viento. Si bien, este tipo de implementación es muy necesaria, abordar este tema en la universidad implica un trabajo mucho más profundo. Implica adentrarse a una visión orientada a generar un cambio cultural de la actitud hacia la comprensión y aceptación del otro que es distinto a mí.
No hablamos solo de quienes están en situación de discapacidad (motora, visual, auditiva o comportamental), sino de quienes pertenecen a un etnia, a una religión distinta, género o cualquier minoría que forma parte del tejido social de la Universidad de Playa Ancha y que, de alguna manera, se sienta excluido. Es justamente ésta la mirada amplia que entrega Fernanda Ramírez Montecinos, asistente social encargada de la unidad de Inclusión de nuestra casa de estudios, instancia que tras 15 años de continua labor, logró ser decretada.
Gracias al trabajo constante de esta profesional, actualmente nuestra institución es reconocida como líder regional en materia de inclusión, valoración que se suma a la presidencia que Fernanda Ramírez ejerce en la Red de Educación Superior Inclusiva (RESI).
Los comienzos
¿Desde cuándo se trabaja el tema de la inclusión en la Universidad de Playa Ancha?
“De una forma más sistemática partimos el 2000, vinculados a estudiantes en situación de discapacidad. Aprovecho de precisar que inclusión es mucho más amplio que discapacidad. No son sinónimos, pues cuando yo hablo de inclusión, me refiero a toda persona o grupo que, eventualmente, puede estar excluido”.
Si el concepto de inclusión es tan amplio, ¿por qué solo se les asocia con las personas en situación de discapacidad?
“Nosotros, por una cuestión prioritaria, abordamos a este grupo de estudiantes, pero claramente, nuestro desafío es -en el mediano plazo- incorporar a otros grupos que también requieren nuestra ayuda, como los inmigrantes, que ya es una realidad en nuestro país y también en nuestra institución. Inclusión es más que abordar a personas en situación de discapacidad”
¿Cuál fue el criterio para comenzar a trabajar con este primer grupo de estudiantes?
“Lo primero que hicimos fue pesquisar ciertas necesidades comunes. Nos dimos cuenta de que había necesidades básicas que no estaban siendo cubiertas por ninguna unidad académica, ni por entes externos (Ministerio de Educación o municipios). Me refiero a la movilización, a los equipamientos básicos asociados a las tecnologías, mobiliarios o ciertos apoyos directos (acompañamiento). Entonces, comenzamos a postular a proyectos y nos dimos cuenta que, una vez satisfechos los requerimientos básicos, también había otro tipo de necesidades, especialmente vinculadas a lo que ocurre dentro del aula”.
Sobre este último ámbito, ¿qué aspectos les llamó la atención?
“Era necesario hacer ajustes, y abordar el trato, tanto de parte de los profesores como del resto de los estudiantes y funcionarios. Eso implicó informar y sensibilizar a la comunidad, considerando desde las personas que están en la puerta hacia arriba, porque ellos son el primer contacto que tienen los estudiantes cuando acceden a la universidad. Por lo tanto, su apoyo es muy importante”.
¿Dónde funcionaba la unidad de Inclusión y cómo estaba conformado este equipo inicial?
“No había un espacio común. Los primeros años, trabajábamos a través de la Dirección de Asuntos Estudiantiles y los profesionales del equipo lo hacían a tiempo parcial. Posteriormente, trabajamos con la terapia ocupacional de la Facultad de Ciencias de la Salud (particularmente con Dalila Goudeau), quienes nos colaboraron con los lineamientos más técnicos de la unidad y una educadora diferencial. A partir de este año, nuestro equipo base está compuesto por un terapeuta ocupacional (que hace atención domiciliaria y directa); una periodista, que hace material audiovisual y académico para utilizarlo en talleres; dos estudiantes en práctica de Pedagogía en Educación Diferencial; un estudiante en práctica de Trabajo Social de la Universidad de Valparaíso; y una psicóloga. Ahora contamos con un espacio fijo (segundo piso de biblioteca, acceso por rampa) donde todos nos pueden ubicar”.
Plan de acción
¿Cuál es la mecánica con la que funcionan?
“Primero revisamos los casos; se define el plan de trabajo en forma integral y se resuelve qué apoyo requiere cada estudiante en términos psicológicos, terapia ocupacional, de desarrollo de habilidadades sociales, hábitos de estudio, trabajo con los docentes, e incluso en el plano de la intervención familiar, entre otros aspectos.El plan de trabajo es semestral y en cada uno de los jóvenes colocamos toda nuestro esfuerzo”.
¿Qué dificultades deben enfrentar en su vida académica?
“En muchas ocasiones a los profesores les complica este estudiante y a veces no comprenden sus necesidades. Por eso trabajamos también con los académicos, pero no es fácil. De acuerdo a las estadísticas, los jóvenes en situación de discapacidad presentan una tasa de deserción mayor y una demora de tres semestres adicionales para sacar la carrera. Hay una fragilidad en ellos, lo que significa que pequeñas variables pueden determinar que el joven deje de estudiar y eso significa dejar la educación superior y quedarse en casa. Eso para nosotros es un fracaso. Por lo tanto, creemos que el apoyo oportuno en el momento adecuado, marca la diferencia”.
¿Qué tal es la respuesta de los jóvenes al trabajo de la Unidad de Inclusión?
“Actualmente atendemos a 49 jóvenes en situación de discapacidad y podemos decir que todos presentan una gran disposición a recibir la orientación que necesitan. De hecho, la tendencia es al alza, porque los beneficios actuales son mayores, tanto para el ingreso como para la permanencia. Claramente, nuestra universidad ya tiene cierta trayectoria en este tema, por lo mismo, ellos la escogen”
¿Cuáles son los desafíos que vienen para la unidad?
“Avanzar para lograr la inserción laboral, porque se nos cae todo el programa que desarrollamos si no logramos que ingresen al mundo del trabajo. Estamos haciendo un contacto con los jóvenes que pasaron por nuestra universidad para saber en qué están, si trabajan en lo que estudiaron, etc.., y la información que manejamos hasta estos momentos es que no han logrado incorporarse a la fuerza laboral. Eso es muy desalentador para todos, porque hay un esfuerzo de la universidad, de sus familias y de ellos mismos por cambiar su vida. Por lo tanto, evidentemente hay una falla en el sistema. El otro desafío que nos propusimos para este año es establecer un contacto con los estudiantes de enseñanza media que están en situación de discapacidad, porque desde que egresan de enseñanza media y lograN ingresar a la educación superior, pasan dos años. En muchos casos, hay una expectativa baja en relación a constituirse en estudiantes universitarios. No saben dónde ingresar, etc..Por lo tanto, aún tenemos mucho por hacer”.
Se visualiza un claro avance en materia de política universitaria, pero ¿cómo responde la comunidad académica, estudiantil y funcionarios respecto a su relación con los estudiantes en situación de discapacidad?
“Hay un gran trabajo por hacer al respecto, porque no basta con informar sobre este tema. Las personas tienen que ser sensibilizadas respecto a qué es lo que cada una puede hacer por el otro que es distinto y que tiene necesidades especiales. Me refiero a regalar una sonrisa, hacer contacto visual para que la persona se acerque a nosotros, a comprender por qué en clase pregunta una y otra vez lo mismo (en caso del espectro de síndrome autista).
Lamentablemente, esa actitud de apertura no siempre la tenemos, y se puede constituir en una barrera. La cultura universitaria debe comprender que la unidad de Inclusión no lo puede hacer todo. Muchas cosas dependen de nuestra actitud hacia el otro y de nuestra disposición a ayudar. Puedo asegurar que estamos trabajando para caminar en esa dirección”.
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