Un verdadero contador de historias, amante del buen humor, desprendido, amigo de lo simple y un gozador de la vida, son algunos de los conceptos que definen a Víctor Hugo Arévalo, el destacado acuarelista viñamarino que por estos días celebra cincuenta años dedicados al arte.
Hablar con el académico de la Facultad de Arte de la Universidad de Playa Ancha es adentrarse en un mundo donde solo hay luz, donde lo malo se revierte, donde los dolores se agradecen, porque permiten reconocer los momentos de profunda felicidad. Víctor Hugo Arévalo es así. Lo transforma todo para ver siempre lo bueno al final del día.
EN PLENO DESARROLLO
Aunque no lo diga abiertamente, la palabra “homenaje” le incomoda, porque en su opinión, los reconocimientos se dan cuando la persona lo ha hecho todo o al menos, lo mejor. “En mi caso, todavía me siento un aprendiz, todavía me estoy desarrollando, creciendo, madurando. Todavía no he pintado mi mejor cuadro. Por lo tanto, siento que el homenaje se me vino encima”, comenta el académico de la UPLA, como tratando de zafarse del reconocimiento público que recibió recientemente por la Corporación Cultural de Viña del Mar.
Si para algunos caminar por las calles es una necesidad, para él es una verdadera delicia. Asegura que lo asume como una forma de conectarse con el resto a través de lo que ve. “Sé que la baldosa que piso la colocó alguien para mí. Lo mismo que el árbol que está en la esquina. Hubo alguien que lo plantó. Tal vez por poca plata, no sé, pero ahí está y ahora yo disfruto de él. Me pasa lo mismo cuando me siento en una mesa. La toco por todos lados, porque sé que en ella trabajó alguien y lo agradezco. Esta misma actitud tengo en la vida, todo está para ser disfrutado”, comenta.
A pesar de su caminar lento, Víctor Hugo Arévalo comenta que siempre ha sido de espíritu inquieto. De pequeño se presentó ante funcionarios de la Armada en el sector Las Salinas para trabajar como dibujante de la fauna marina y, pese a que sorprendió por su capacidad y precisión, a los 12 años no logró el puesto de trabajo. Luego avanzó por la línea de la pedagogía y terminó con el título de profesor que le otorgó la entonces Escuela Normal, a los 17 años.
“Siempre me fue bien en el colegio. En todo, y eso lo agradezco, porque hay gente que es inteligente en las clases y tonta en el recreo. No es mi caso”, dice el artista, tras lo cual larga una risa contagiosa.
-¿Cuál es la clave a la hora de pintar un cuadro?
“Cuando los literatos o poetas escriben un libro, lo hacen con palabras, métricas y puntuación. Hacer un cuadro es exactamente igual a escribir un libro: Uno lo hace con colores, con formas, con movimiento, con zonas de interés. Creo que he pintado como 16 mil libros”.
-Al revisar su obra, queda claro que usted no sigue una temática única como ocurre con otros artistas.
“Siempre he pensado que la diversidad enriquece. Como decía alguien por ahí: ‘daría mi vida por defender tus ideas, aunque no esté de acuerdo con ella’. Más que un pintor soy un gozador, un tipo que disfruta la vida, los ambientes, los entornos, por lo tanto, todo puede ser objeto de pintura. Es más disfruto las baldosas y los árboles, porque allí hay presencia humana, alguien los colocó allí para mí, para que los disfrute. Cuando uno es capaz de hacer esto, llega al final del día agotado de deleite”.
TRABAJO CONSCIENTE
-En su opinión ¿todos, artistas y no artistas, deberíamos tener esa capacidad de disfrute?
“Así es, porque todo es importante, todos debemos tomar conciencia de lo que hacemos y del rol que cumplimos. Por ejemplo, en una empresa, la telefonista cumple un rol clave, porque por una llamada equivocada se puede perder un negocio. La persona que limpia puede encontrar un documento importante. El tema está en que debemos hacer las cosas bien. Dentro de la obra pasa lo mismo, el fondo es tan importante como la figura central”.
-¿Me puede precisar la relación que tiene esto con las acuarelas?
“Un cuadro tiene muchas manchas y las más chiquititas forman parte de ese cuadro, cumplen su rol. El fondo también tiene un rol, porque permite que destaque la figura principal. Incluso, a veces potencio más el fondo que la figura. Doy un ejemplo, las estrellas se ven, porque está de noche. Los problemas de la vida también se pueden percibir de la misma forma: a veces es mejor determinar qué potencia el problema, porque a veces somos nosotros mimos”.
-¿Y por qué optó por esta técnica y no otra?
“La acuarela es una filosofía de vida. Es una dama hermosa que conquista por lo diáfana, lo sutil, por lo delicado, lo transparente. Es una exquisitez. Para decirlo de otro modo, la pintura es como un asado y la acuarela es como un plato de comida francesa. No es para matar el hambre, sino para degustarla”.
-Realmente usted todo lo disfruta…
«Pero claro y eso va de la mano con el buen humor, porque la vida es un chiste”.
-Pero la vida tiene de dulce y de agraz…
“Los dolores de la vida o los malos chistes, es lo que más agradezco, porque de ellos aprendo y crezco. Solo el dolor me permite identificar dónde está la felicidad. En la dualidad están las verdaderas cosas. Perdí una hija a los 19 años y ese dolor me ayudó a tomar conciencia que todas las mujeres que veía por allí, eran hijas de alguien. Comprendí, por ejemplo, el apoyo que requieren las niñas en situación de calle, que sufren embarazo adolescente, drogas, etc.”.
-¿Por eso usted dona obras y apoya a niños en situación vulnerable?
“Sí, muchas de mis pinturas van a parar a distintas organizaciones y fundaciones que apoyan a estas personas. La vida es interesante, pero dura. Por ello, si nos ayudáramos como sociedad, todo sería distinto”.
-¿De qué manera vincula esa idea con lo que pinta?
“En el cariño y voluntad que coloco a la hora de hacer un cuadro. Allí hay cien por ciento acción, voluntad e inteligencia. Siempre”.
-¿Y cómo crea, tiene la imagen en su cabeza, tiene un concepto o aparece en la medida que avanza la obra?
“No. La acuarela tiene que estar en la cabeza antes de hacerla. Primero pienso y veo en mi mente lo que voy a pintar, porque en la acuarela uno tiene que saber dejar los espacios en blanco”.
-¿Tiene algún cuadro favorito?
“Hay uno que está en la casa de mi exseñora. Es un burrero y me gusta mucho, porque fue el hombre que ayudó a construir Valparaíso. Era el que acarreaba puertas, tablas, agua, mil cosas. A muchas personas les he dicho que deberían hacerle un monumento como al Ovejero de Punta Arenas. Ahora, si usted me preguntara “¿cuál es su mejor cuadro?, sin duda le diría que el que voy a pintar”.
-¿Cómo saltó de la pedagogía a la acuarela?
“En una ocasión participé con dos cuadros en un concurso, donde obtuve los dos primeros lugares. El presidente del jurado era Pacheco Altamirano y me preguntó “qué hace usted”, “soy profesor”, le contesté. Luego agregó “oiga bien lo que le voy a decir y que no se le olvide nunca más: deje que otros enseñen lo que nosotros hacemos”. Escuchar esa afirmación fue impactante para mí, porque sentía una gran admiración por él. Por lo tanto, ver que me colocara a su nivel fue increíble. Por supuesto que le hice caso y aquí estoy, agradecido de su consejo”.
-¿Los pinceles era lo suyo entonces?
“Así es, porque vine a este mundo a pintar, a disfrutar y a reírme de todo. Estas tres cosas es lo que mejor sé hacer”.
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