Adora Chile porque adora Neruda. “El fue como un compañero de vida para mí. Cuando murió, juré no pisar tierra chilena hasta que no se muriera aquel… dictador, que no pienso nombrar. ¡Y el tipo no se moría nunca!”. Las risas inundan el Aula Magna de la UPLA, captando de inmediato la atención de quienes presenciaban su presentación. Es Graciela Bialet, comunicadora social argentina, licenciada en Educación y master en Lectura y Literatura Infantil.
“Me invitaban a distintos lados y me tocó dos veces dormir en el Aeropuerto de Santiago. Los colegas que iban conmigo en el colegio de Cartagena me decían que estaba loca. Y no. El aeropuerto es tierra neutral. Finalmente, cuando murió, vine con mi marido y celebramos con botellitas de champagne en la calle y viajamos a cada una de las casas de Neruda. Estar en Valparaíso es de verdad estar en la casa de un hermano”. Al decir esto, la clase magistral se convirtió en una conversación más cercana a una amiga que a una profesora propiamente tal.
Para entrar en el tema, Graciela recordó sus primeras experiencias con los libros. “Son las circunstancias en que ambos, los textos y la niña que fui, nos encontramos y enamoramos. Recuerdo un libro lleno de princesas y dragones que me había prestado mi maestra como un texto alternativo al de los manuales de aprendisaje de mis primeras letras. ¡Aburridísimo!, todo estaba lleno de MI-MAMÁ-ME-MIMA o SUSI-ASA-SUS-SESOS-EN-SU-MESA ¡Nada más macabro!”. Se dibujaba entre los presentes una sonrisa cómplice. La sensación de que todos los presentes en esa sala habíamos vivido algo similar era apreciable.
“Mi mamá incansablemente me leía la Biblia. Creo que lo que más me sedujo de los libros no fue ni la variedad, sino la trasgresión y las situaciones de complicidad y diversión que esos textos producían en la gente que yo más amaba. Intuí, a los 9 años, que eran los cuentos los más tentadores. No sé cómo llegó a mis manos el primer libro que leí de María Elena Walsh. Recuerdo que estaba en mi cama, y casi muero de felicidad con “La pla pla”, pero cuando sentí los pasos de mi mamá por el pasillo escondí el libro bajo las sábanas por miedo a que me lo quitara, porque supuse que si era divertido, seguro leer ese libro sería un pecado.”
Es cosa de la lengua
Avanzaba la ponencia y poco a poco iba resaltando la importancia del lenguaje. Aquel que siempre está en movimiento y siempre está viviendo con nosotros. “Por eso no hablamos lo mismo en Argentina que en Chile, ni en España ni en México. A veces hay unas confusiones con las malas palabras. A mí me encanta andar en España diciendo que voy cogiendo todo el tiempo. ¡Y los españoles me miran diciendo que cómo a esta mujer no le alcanzan los brazos para coger tanto!” De nuevo las risas del público sobresalieron.
Tan lejos, tan cerca
“¿Cuántos autores y textos conocemos de países de la Unasur? ¿Alguien puede nombrar algún autor de Centroamérica? No… ¿De Ecuador? ¿De Paraguay? Y eso que está aquí al lado. ¡Tenemos una frontera que es increíble y no la conocemos! Solo conocemos lo que la industria nos posibilita”.
Para Graciela, la falta de circulación de estos bienes culturales es Alarmante. Editoriales internacionales que escasamente se preocupan de conectarnos. Autores y ediciones regionales que no dejan ver más allá de nuestras fronteras y nuestro propio ombligo. ¿Qué se puede hacer ante esto?
“Es preciso avanzar en el proceso de legitimación de la maravillosa producción de la literatura infantil y juvenil de nuestros países latinoamericanos, alertando y alentando a la editoriales acerca de la necesidad de mayores intercambios de obras por toda Iberoamérica. Se vienen realizando avances en la investigación y ensayos: Las palabras pueden, De aquel lado del Atlántico, Historia de la literatura infantil en América Latina, el Gran diccionario de autores latinoamericanos, ensayos que pueden ser objeto de múltiples búsquedas y lecturas, por países, por biografías autorales, reseñas por temáticas abordadas… Necesitamos escuchar más voces ¿Todas las voces? Todas las posibles, para ser libres de elegir. Las ideas de libertad están hechas de palabras y por ellas, la literatura justifica su cuota de existencia”.
Con esta reflexión terminó Graciela. Un gran aplauso concluyó con la primera clase magistral de “Valparaíso, Ciudad Lectora”.
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