El colapso educativo

Hace dos semanas, el Observatorio de Educación Superior (Obesup) publicó un estudio donde se explican las contradicciones generadas por la masificación de las matrículas y la repercusión en el mundo laboral de los egresados y desertores, donde estos últimos incluso llegan a tener peor proyección económica que quienes nunca se inscribieron en una institución de educación superior. Aquí el director, Tito Flores -doctor en Gobierno y Administración Pública, por la Universidad Complutense de Madrid-, explica cómo una población de estudiantes endeudados se enfrenta a la falta de planificación del modelo productivo nacional y podrían no tener dónde trabajar.

– ¿Cuál fue la motivación para hacer el estudio Avances en Educación Superior en Chile: Cobertura y finalización de estudios en el mundo del trabajo, que explica los efectos de la masificación de la educación superior?
– Nos parecía importante poder salir de la coyuntura y empezar a pensar qué es lo que ha pasado y qué es lo que nosotros podemos prever que va a suceder en materia de educación superior. Y considerando que la masificación de la educación superior en Chile fue a costa de endeudamiento, qué es lo que eso puede implicar para los jóvenes y futuros profesionales en el mediano plazo. Hay una bomba de tiempo en términos de que si no existen, efectivamente, ciertos cambios y trasformaciones en el modelo productivo y en la forma en que se planifica la educación superior, nos vamos a encontrar con un conflicto que será muy visible en un horizonte temporal de mediano plazo.

– ¿Mediano plazo te refieres a veinte años?
– Yo diría menos, de aquí a unos diez años. Hay una expresión que usa el estudio: «El abogado vendedor de seguros”. Mucha gente está sobrecalificada para las funciones que tiene que ejercer. Por lo tanto, por el nivel de frustraciones que se va a generar terminarán echándole la culpa a los extranjeros, o no sé, a mil cosas, cuando en realidad tiene que ver con la planificación. Porque la masificación a costa o sobre la base de las universidades privadas y la libertad de educación hace que esto sea inorgánico, y así no es posible vincularlo con el proyecto país o modelo de desarrollo.

– Una de las conclusiones del estudio es que los que nunca se matricularon en una institución podrían tener mejor proyección económica que los que se inscribieron pero desertaron.
– En Chile más o menos el 40% de los estudiantes del sistema deserta en primer año. La cobertura de pregrado hoy es poco más de un millón. El problema es que muchas de esas personas no vuelven al sistema. Y eso genera un bache importante porque pagan el tercer arancel más caro del mundo para recibir solo $120 mil más que una persona que nunca pisó una universidad. Entonces podría haber sido mejor no entrar a estudiar. Pero eso es una trampa. Porque el costo de oportunidad de no estudiar es ser pobre para siempre. De hecho, la brecha entre una persona que finaliza y la que no es del orden de tres veces. Pero en este país no alcanza la mesa para todos. De ahí que las principales conclusiones del estudio apuntan a que se nos avecina una crisis que es mucho más grande que la discusión de para qué se usa la plata o de si el CAE es bueno o malo. La otra vez varias autoridades gubernamentales dijeron que el CAE fue un instrumento que permitió promover a la clase media. En este estudio vimos que las instituciones privadas, en promedio, disminuyen el salario del orden de un 15 a 20%. ¿Es eso estar aportando a la clase media o es estar aportando a la desigualdad?

– Ustedes apuntan a que exista una planificación de país para que no haya jóvenes con títulos que no valen nada, que tengamos una llave de paso y que si se necesitan 200 profesionales de una especialidad o rubro, exista la misma plaza para estudiar y no se genere una sobreoferta. ¿Es así?
– Sí. Cuando uno expone esas cosas entonces te dicen «no quieres que los pobres entren a la universidad porque están sobrando profesionales, quieres cerrar la llave». Nosotros creemos que no hay que cerrar la llave, pero hay que abrirla bien. Como está, no nos parece que sea bueno. El tema es que si esa gente tiene que sobreendeudarse para tener ese título y después no puede pagar esa deuda, entonces pasa a ser un problema para la persona y para la sociedad. A lo mejor por eso no tenemos miles de artistas visuales, porque como no es rentable entonces no tenemos de esa carrera, pero sí lo es tener abogados o ingenieros comerciales. Hay que sentarse y pensar para qué queremos estos profesionales. Hace tres años, en el Consejo Nacional de Educación decían que necesitaban tres mil doctorados en un plazo de cinco años, pero no sabían en qué. A la sociedad le sirve que las personas estudien por un serie de externalidades, y la pregunta es si eso lo vamos a pagar como sociedad o lo paga cada uno.

– El estudio muestra una burbuja que está explotando con estudiantes que egresan para buscar trabajo, con una deuda que tendrán que pagar hasta en 20 años. ¿Este estudio podría ser utilizado como argumento a favor de la gratuidad?
– Tiendo a creer que sí, pero creo que hay un asunto cultural aun más profundo que no tiene que ver con quien pone la plata. Un régimen gratuito supone mucha más disciplina institucional y social que el libertinaje que tenemos ahora. Si hay un acuerdo explícito de toda la comunidad nacional para financiar a quienes van a ser sus técnicos y sus profesionales, eso debe estar regido por la máxima disciplina. La gratuidad no es solo trasladar el pago de la cuenta, sino que tiene que ver con una nueva forma de vincularse como persona a un conjunto de instituciones donde tú sabes que no estás solo. Aquí la gente está sola. No tiene a nadie y por eso se miran a sí mismos. Yo hago clases en una universidad y veo cómo muchos estudiantes no participan porque quieren terminar rápido y yo lo encuentro súper lógico. Es triste que sea lógico.

 

Fuente: Revista Viernes de diario La Segunda, viernes 13 de enero de 2017.

 

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