Juan Enrique Casassus, Premio Nacional de Educación 2025:“Lo central hoy es preocuparse por lo humano, aquello que la máquina no puede hacer”

La Universidad de Playa Ancha dio inicio oficialmente a su Año Académico 2026 con una jornada que marcó un punto de inflexión en el debate educativo regional. En el marco de la solemne ceremonia realizada en el Aula Dr. Félix Morales Pettorino, el destacado filósofo, sociólogo y Premio Nacional de Ciencias de la Educación 2025, Dr. Juan Enrique Casassus Gutiérrez, dictó una reveladora clase magistral titulada “Forjar lo humano en un cambio de época”.

En este diálogo, el académico profundizó en los desafíos que la inteligencia artificial y la virtualidad imponen a nuestra sociedad. Casassus invitó a reflexionar sobre la urgente redefinición de la labor docente y el papel ineludible de la universidad pública como un faro de pensamiento crítico, capaz de salvaguardar el mundo emocional y ético frente a la automatización del conocimiento.

—Dr. Casassus, usted sostiene que estamos atravesando un «cambio de época» marcado por la inteligencia artificial. En este escenario, ¿por qué resulta tan vital la educación emocional en los establecimientos educacionales?
“Estamos viviendo una transición de gran velocidad. Lo que ocurre a nivel mundial con la inteligencia artificial generativa es que la máquina comienza a ocupar espacios profesionales que antes eran exclusivos del ser humano. Ante esto, la pregunta por la educación es, en realidad, una pregunta por lo que nos queda. Debemos focalizarnos en aquello que la máquina no puede hacer: el mundo emocional, valórico y ético. Esos ámbitos dependen de la comprensión de las emociones, que son, por esencia, profundamente humanas y misteriosas”.

—En su exposición habló de «forjar lo humano». ¿Cómo debemos entender este concepto frente a la evolución tecnológica?
“Estamos dejando atrás la visión renacentista del ser humano, que lo concebía como un ente autónomo, racionalista y separado del resto. Hoy emerge una nueva comprensión: el ser humano como un ser integrado, relacionado y «enredado» con otros sistemas. No se trata de decir si este cambio es positivo o negativo, sino de observar lo que está ocurriendo para poder actuar sobre ello. La universidad tiene el rol intelectual de pensar este fenómeno, de investigar y generar espacios de conversación real para dar forma a esta nueva humanidad, en lugar de ser meros espectadores pasivos”.

—¿Cuál es entonces el desafío específico para las universidades en este nuevo paradigma?
“La universidad debe volver a ser un centro de pensamiento. Mientras la inteligencia artificial se limita a resumir información preexistente, la academia debe dedicar tiempo a la reflexión profunda. Ya no basta con la transmisión tradicional de conocimiento; el rol hoy es generar capacidad de acción. Debemos ser lugares de encuentro para discutir el malestar y el bienestar, transformándonos en espacios de transformación social más que en simples fábricas de profesionales”.

—Usted ha calificado la labor de la profesora y el profesor como «la más bella de las profesiones». ¿Cómo cambia el rol del educador para acompañar a las nuevas generaciones?
“Las y los docentes hoy tienen una misión crítica: generar autorreflexión y toma de conciencia. Los jóvenes de hoy son la primera generación que ha vivido un mundo completamente digitalizado, lo que les ha traído crisis de identidad y sufrimientos propios de esta época. Las disciplinas tradicionales no bastan para forjar esta nueva humanidad; se requiere un educador que acompañe al estudiante en la construcción de su lugar en la sociedad. Ese acompañamiento humanizante es algo que ninguna máquina podrá replicar jamás, porque la máquina tiende a repetir lo que ya existe, pero no posee ética, ni verdad, ni la capacidad de cuidar al otro”.

Al cierre de la jornada, mientras el eco de sus palabras aún resonaba en el Aula Dr. Félix Morales Pettorino, quedó en el aire una certeza que evoca la esencia misma de nuestra institución: en un mundo que corre veloz hacia lo algorítmico, el aula sigue siendo ese último refugio de lo sagrado. Allí, donde un maestro mira a los ojos a su estudiante para descubrir quién es, sobrevive una calidez humana que ninguna máquina podrá emular, recordándonos que educar es, en el fondo, el acto de resistencia más antiguo y hermoso del corazón.

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