
Valparaíso no es solo postal, es una contradicción viva. Un territorio donde la belleza patrimonial convive con un urbanismo revolucionado, donde la vibrante vida de sus cerros choca con la marginación y la vulnerabilidad.
Esta región, de más de 16 mil km², con su compleja morfología de quebradas y laderas, no es un simple escenario, sino un organismo dinámico que clama a gritos una mirada geográfica profunda, socialmente comprometida y territorialmente arraigada.
El problema de fondo es que hemos intentado domar la geografía en lugar de comprenderla. La flexibilización de normativas para proyectos inmobiliarios en quebradas, bordes costeros o zonas de alto riesgo sísmico e incendios es solo un síntoma.
Los casos emblemáticos, desde las dunas de Concón hasta las construcciones en laderas inestables, revelan una planificación reactiva, cortoplacista, que prioriza el interés económico sobre la seguridad y la sostenibilidad del hábitat. Los desastres no son “naturales”: son sociales, resultado de cómo ocupamos y entendemos –o no– el territorio.
Aquí la geografía emerge no como una disciplina de mapas estáticos, sino como una herramienta crítica para leer el “currículum” del territorio: sus fragilidades, sus procesos, sus umbrales. Comprender que somos parte de la naturaleza, y no algo ajeno a ella, es el primer paso para habitar mejor.
Esto es especialmente urgente en nuestra zona costera, históricamente reducida a un simple “borde” para el desarrollo logístico o inmobiliario. La costa es una interfaz dinámica, como lo demuestran las zonas de sacrificio de Quintero, las playas erosionadas o la extracción desregulada de áridos. Zonificar desde los ecosistemas, conservar sus servicios –como la vegetación costera que mitiga inundaciones– no es un lujo ambiental;
es una estrategia de resiliencia.
Frente a este escenario, la pregunta es: ¿Quién está leyendo e interpretando estos procesos para tomar decisiones? La gestión territorial no puede seguir basándose solo en respuestas reactivas: necesitamos profesionales capaces de integrar saberes: el conocimiento ancestral de las comunidades, la dinámica natural de los ecosistemas, las presiones económicas y los derechos sociales. Profesionales que vean más allá del plano
y entiendan el entramado vivo del lugar.
Desde la carrera de Geografía de la Universidad de Playa Ancha, hemos asumido ese compromiso. Priorizamos la integración de actores territoriales en la construcción de políticas, especialmente en gestión de riesgos y planificación sostenible.
Un ejemplo es nuestro trabajo colaborativo con la Reserva de la Biosfera La Campana-Peñuelas, impulsando su consideración en las estrategias regionales. No se trata de un academicismo desconectado: se trata de formar geógrafas y geógrafos con enfoque social, que se ensucien los zapatos en el terreno, que dialoguen con las comunidades y traduzcan esa complejidad en propuestas concretas para un desarrollo equilibrado.
La Región de Valparaíso, con su riqueza y sus heridas, es un laboratorio vivo. Enfrentar sus desafíos exige una generación de profesionales preparados para pensar el espacio de manera integral, ética y preventiva.
Necesitamos más geógrafos y geógrafas. No como meros asesores, sino como intérpretes y facilitadores de un territorio que, si no lo escuchamos a tiempo, nos seguirá pasando la factura.
Por Marcelo Leguía Cruz
Director de la carrera de Geografía
Universidad de Playa Ancha
UPLA.cl
Noticias de la Universidad de Playa Ancha Dirección General de Comunicaciones
