”…Y dimos vida a esa obra inmensa, histórica, gigante que fue la Vicaría de la Solidaridad, espacio que permitió que estemos ahora con vida”.
“La esencia de su espiritualidad, de su evangelio, de su prédica, era su opción preferencial por los pobres y ahí estuvo, encerró su historia, en ese hecho más trascendente de su existencia: cómo entregarse para y por los pobres para darles dignidad”.
“Creo que el Cardenal fue una muralla contra la maldad, contra el horror y el terror que se implantó en el país. Creo que su actitud fuerte, decidida, implacable en contra de aquellos elementos como la DINA y la CNI, que mataban y hacían desaparecer a nuestros compatriotas, fue una muestra de humanismo implacable”.
“Yo creo que el Cardenal, en este último tiempo, se ha dado varias veces vuelta en su tumba. Creo que, al igual que Cristo, está sufriendo desde donde esté”.
Un hombre del siglo XX que experimentó en carne propia los tránsitos históricos más trágicos que tenga memoria la historia chilena reciente. No sólo eso, su opción por la vida, la libertad y los derechos humanos llevó a Sergio Velasco de la Cerda a recorrer un camino difícil, cuyas bifurcaciones eran tan extremas como la vida sumisa o la muerte y desaparición silenciosa.
Ante la tragedia que se manifestaba frente a sus ojos, la guía espiritual y moral de quien fuera su amigo y principal mentor, el Cardenal Raúl Silva Henríquez, adquiere mayor magnitud que nunca. Al cumplirse 100 años del natalicio de tan insigne figura, la Universidad de Playa Ancha cerró su año académico 2007 con una clase magistral que brotó con energía de la metálica voz de quien fuera diputado por la provincia de San Antonio.
Sergio Velasco, representante de la fundación Cardenal Raúl Silva Henríquez, tiene una amplia trayectoria social, ligada al quehacer de la iglesia y la comunidad en general. Fue presidente del Instituto Juan Pablo II, entidad dedicada al estudio y promoción de los derechos sociales, culturales, educacionales, laborales, poblacionales y sindicales de la provincia de San Antonio.
Sobrecoge y emociona contar con figuras públicas de la magnitud de Velasco de la Cerda, por cuanto su aporte revitaliza el ejercicio democrático y reflexivo tan vital de la Universidad. Por eso, el adentrase en las emociones de un ciudadano que aún llora cuando recuerda emocionado al Cardenal es ir directamente a una parte del pasado chileno que es necesario rescatar y valorizar, con el propósito de proteger todas esas demandas sociales que protegían al más desposeído. Hoy, en síntesis, la prédica de Silva Henríquez debe inspirar la crítica de la clase política y de cada ciudadano de este país.
¿Cómo y cuándo surge la figura del Cardenal Silva Henríquez en Usted?
Tiene dos etapas. La primera, cuando el Cardenal, muy joven, me llama para participar de un equipo de trabajo en materia educacional y una de las actividades que me tocó desarrollar con él se expresó en dos planos: uno, la creación de la fundación DUOC, que fue una institución educacional cuyo principal eje era el compromiso de la universidad con el pueblo, por allá en los años 65, 66, precisamente post reforma que hubo en la Universidad Católica de Santiago. Posteriormente, a raíz de distintas actividades que realizamos conjuntamente con el Cardenal, me tocó ser designado o nominado director de la Escuela Industrial y de la Fundación DUOC de la provincia de San Antonio, de donde soy oriundo. Por consecuencia, he trabajado muy codo a codo con todo el aparato educacional de la Vicaría respectiva del Arzobispado de Santiago.
La segunda etapa de mi vida con el Cardenal está definida a partir de 1973 y con la irrestricta actitud de vida que tuvo en función de la defensa de los derechos humanos. En ese contexto, creamos el Comité Pro Paz, inmediatamente después de haber ocurrido ese triste Golpe de Estado en nuestra nación. Pero como resultaba obvio, ese Comité fue clausurado, fue cerrado, intervenido por el General Pinochet y dimos vida a esa obra inmensa, histórica, gigante que fue la Vicaría de la Solidaridad, espacio que permitió que estemos ahora con vida.
¿Cuál cree que fueron los valores que inspiraron, motivaron el quehacer, la actitud del Cardenal y que transmitió en diferentes escenarios?
El primer valor que el Cardenal instauró durante su consecuente vida fue luchar por la verdad y por la persona humana. Sin embargo, algo que lo caracterizaba era su amor por los niños y por la juventud; la actitud salesiana hace que su mayor preocupación, ya en esos tiempos (hace más de 50 años), sea la educación como tema preferencial; para él no cabía la menor duda que en una sociedad tan conservadora, sectaria y dura, si no había educación para la juventud no había transformación social.
La esencia de su espiritualidad, de su evangelio, de su prédica, era su opción preferencial por los pobres y ahí estuvo, encerró su historia, en ese hecho más trascendente de su existencia: cómo entregarse para y por los pobres para darles dignidad.
¿Cómo su figura sirve de contención en los difíciles años de Dictadura?
Creo que el Cardenal fue una muralla contra la maldad, contra el horror y el terror que se implantó en el país. Creo que su actitud fuerte, decidida, implacable en contra de aquellos elementos como la DINA y la CNI, que mataban y hacían desaparecer a nuestros compatriotas, fue una muestra de humanismo implacable. En ese tiempo, el Cardenal Silva Henríquez estuvo muy sólo defendiendo al país de las atrocidades que se cometían en nombre de Dios y la ley de facto. Entonces, ese fue uno de los roles más significativos que le tocó jugar, no el único, desde el año 1973 hasta 1990. Fue implacable en decir esa verdad que él la constataba a diario en sus visitas a los sectores más populares de nuestra nación y, por supuesto, a toda la horrorosa persecución que se vivió en el campo educacional con los profesores, con los académicos y con los alumnos. En ese tiempo, las universidades estaban intervenidas y no se permitía pensar.
¿Cómo influye en su vida personal y profesional, desde el punto de vista humano simbólico, su relación con el Cardenal Silva Henríquez?
Cuando uno conoce al Cardenal en términos personales; cuando lo escuchó en términos de sus homilías, particularmente el 18 de septiembre; cuando leemos sus escritos; cuando nos guiamos por su inmensa creatividad; nos vuelve a atrapar esa tremenda mística, esa capacidad para llamarnos a colaborar a partir de su apertura. Influyó mucho en mí, hizo posible que los valores, que a veces uno pierde y se desengaña de ellos, fuesen rescatados, haciendo carne el evangelio de Jesucristo.
Él sangraba y sufría por la miseria, la pobreza, la maldad. Entonces, cuando hay hombres en este país que son capaces de dejarlo todo para defender esas cosas elementales en las cuales hay que creer y defender, no cabe la menor duda que es un espejo de vida transparente.
¿Estaría hoy feliz el Cardenal al contemplar la evolución del sistema educacional chileno?
Yo creo que el Cardenal, en este último tiempo, se ha dado varias veces vuelta en su tumba. Creo que, al igual que Cristo, está sufriendo desde donde esté.
Lo que se ha hecho hoy en nuestro país, en relación a las transformaciones sociales por las cuales él luchó y dio la vida por ello, no sólo no se están cumpliendo, sino que, en el caso de materia educacional, se han transformado en un sucio negocio. Tanto la enseñanza, básica, media y por sobre todo la universitaria, incluidas las estatales, incluida ésta, son universidades que no son capaces de comprometerse con el país.
¿Cómo la clase política se podría inspirar en el legado del Cardenal Silva Henríquez?
¿Cuál clase política?
Bueno, quienes toman las decisiones…
Si se inspirarán en el legado del Cardenal no habría la chacra que existe hoy.
Uno de los principales principios del Cardenal fue tratar de alcanzar la reconciliación de una nación que estaba profundamente dividida por la falta de amistad cívica. Lamentablemente, creo que hoy hemos vuelto a eso mismo, no hemos comprendido nuestra misión aquí en la tierra y en este país. Creo que apenas se lanza una chispa la división de buenos y malos, de blancos y negros aparece en el acto. Pienso y deseo que se entienda que este es un país donde podemos estar todos, que somos todos parte. Así lo decía el Cardenal en una de sus grandes homilías “La herida profunda del alma nacional”; entonces, en ese contexto, debemos buscar los puntos de acuerdo y no los de enfrentamiento que se han manifestado de manera parafernálica en el último tiempo.
Una sola cosa si sé; creo que el Cardenal habría sido uno de los hombres más felices al ver a una mujer por primera vez al mando de este país, porque siempre fue alguien que quiso y respeto por sobre todo a la mujer chilena.
UPLA.cl
Noticias de la Universidad de Playa Ancha Dirección General de Comunicaciones
