La historia de un país no se encuentra solo en los manuales académicos, sino en los pliegues de la memoria cotidiana, en las fotografías familiares y en el relato de quienes han sido testigos del paso del tiempo. Bajo esta premisa, Rodolfo Follegati Pollmann, investigador y estudiante de nuestro Doctorado en Literatura Hispanoamericana Contemporánea, lideró un ejercicio de escritura que hoy se materializa en una obra necesaria para entender nuestra identidad.
Entre la academia y el recuerdo
Para Óscar Rosales Neira, coordinador del programa, esta actividad trasciende el aula. Al reflexionar sobre el título del libro,Nada estaba escrito, subraya la potencia de lo testimonial:»Esta instancia tiene un gran valor formativo para nuestro estudiantado, pues les permite conocer de primera fuente un tipo de relato testimonial que emerge no necesariamente desde la fractura histórica y desde el trauma -que es como se suele abordar tradicional y teóricamente en nuestras cátedras-, sino desde la esfera de lo íntimo y del cotidiano. Son trabajos de memorias que traen a tiempo presente a personajes, espacios y tiempos pasados que se fundamentan en el deseo de superación personal, la solidaridad y los afectos». Junto con ello, agregó que al leer este libro, se encuentra esa épica familiar, que es maravillosa. «Queremos que estas historias entre personas mayores lleguen a las generaciones jóvenes para restablecer un diálogo intergeneracional que hoy siento que está un poco cortado», dijo.
El autor, Rodolfo Follegati, precisó que el origen de esta obra se encuentra en un ejercicio pedagógico que, de manera orgánica, se transformó en un proceso de creación literaria colectiva. Inicialmente, el taller propuesto por Follegati desafiaba a los participantes a identificar procesos históricos o personajes de la trayectoria nacional para entrelazarlos con sus propias vivencias familiares. Este proceso de investigación y vinculación personal derivó, casi por necesidad, de un taller de historia a uno de escritura, donde cada autor pudo plasmar su estilo propio para conectar su biografía íntima con el relato del país.
Explicó que comenzó como una indagación histórica y terminó convirtiéndose en un espacio de sanación y literatura: «Pedí a cada estudiante que identificara un hecho histórico o personaje que se relacionara con su propia vida. Fue maravilloso ver cómo el taller derivó de un taller de historia a uno de escritura. Ha sido una tremenda experiencia, no solo por el libro en sí, sino por la recepción que ha tenido en cada presentación, donde se produce ese encuentro intergeneracional con hijos y nietos que buscábamos».
Tras el proceso de edición y publicación, el impacto del libro ha superado todas las expectativas iniciales del autor. Follegati destacó que, más allá del valor del texto en sí, lo más significativo ha sido la recepción del público y la capacidad del libro para convocar a diversas generaciones. Con seis presentaciones en apenas dos meses, el proyecto ha logrado consolidarse como un espacio de encuentro donde hijos y nietos se reúnen con los protagonistas, restableciendo ese diálogo intergeneracional que el autor considera fundamental para la salud de nuestra memoria colectiva.
Voces protagonistas: El peso de la memoria
El libro reúne relatos que transitan desde Punta Arenas hasta Valparaíso, siendo las vivencias de Rosina Carrasco, Ana Parra y Gladys Ruiz ejes fundamentales de esta narrativa (de un total de once). Para ellas, el libro fue más que papel y tinta; fue una forma de romper años de silencio.
Rosina Carrasco destaca la relevancia de recuperar el legado de los antepasados para comprender el presente: «Es muy importante que la gente sepa que la historia pasada de las personas no se pierde. Mi abuela fue una de las primeras matronas de Valparaíso; relevar su historia es vital. Si no sabemos dónde estamos pisando y de dónde venimos, es difícil entender qué está pasando ahora con nosotros mismos».
Por su parte, Ana Parra aborda el dolor y la necesidad de justicia a través de su relato sobre la dictadura: «Yo esperé 53 años para decirlo, para echar fuera ese dolor y esa rabia retenida. Escribí, porque quiero que las nuevas generaciones sepan el horror que vivimos. Para mí, no hay perdón ni olvido. Fue una buena opción para poder canalizar toda esa emoción».
Finalmente, Gladys Ruiz relata el carácter terapéutico que tuvo el acto de escribir su propia historia, marcada por la clandestinidad y la militancia familiar: «Para mí fue súper importante. Me sirvió, entre otras cosas, para salir de la clandestinidad de la memoria. Escribí sobre mi abuelo, sobreviviente de la matanza del Seguro Obrero, y entendí cómo mi vida se conecta con esa línea histórica. Ha sido hasta casi terapéutico: ser libre, por fin poder hablar y decir lo que tenía que decir».
Nada Estaba Escrito. Mi historia en la Historia es, en definitiva, una invitación a reconocer que en la «historia pequeña» —esa que vive en nuestros cerros y en nuestras casas— reside el verdadero patrimonio que da sentido al espacio que habitamos.
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