Ginette Bobillier Pérez: La leal guardiana de los decretos universitarios

Hay personas que se convierten en los cimientos invisibles de las instituciones, esos seres capaces de sostener el peso de la historia con una elegancia silenciosa. Ginette Bobillier Pérez es una de ellas. Al verla tras su escritorio, uno no solo encuentra a una funcionaria ejemplar, sino a un testigo privilegiado de casi cuatro décadas de vida universitaria. Sus ojos, dos esmeraldas claras que parecen haberlo visto todo con una transparencia inquebrantable, conservan el brillo de quien ha servido con vocación, sorteando tempestades administrativas con la calma de quien sabe que, al final del día, el orden siempre prevalece.

Caminar por la Secretaría General de la Universidad de Playa Ancha es, en gran medida, caminar por la memoria de Ginette. Ella no solo resguarda decretos, contratos y reglamentos; ella guarda el pulso emocional de la institución. Con una diligencia que raya en lo sagrado y una prudencia que ha sido el refugio de múltiples jefaturas, “Gigi” —como la llaman sus cercanos— se prepara para cerrar un ciclo, dejando tras de sí un legado de resolución, lealtad y una calidez humana que ha transformado la burocracia en un ejercicio de servicio genuino.

Al hablar de sus orígenes, la mirada de Ginnette, habitualmente serena, se transforma. Cuando menciona a sus cinco hermanas, esa complicidad que las une desde la infancia en Viña del Mar, sus ojos esmeraldas se inundan y la voz se le quiebra. No puede evitar emocionarse hasta las lágrimas al reconocer que, a pesar del paso del tiempo y de las vidas distintas que cada una ha construido, el vínculo con ellas sigue siendo su refugio más sagrado. Para Ginnette, ellas no son solo familia; son el hilo conductor de su historia personal, el primer círculo de confianza que le enseñó, desde pequeña, el valor incondicional de la lealtad y el apoyo mutuo.

Viaje de aprendizaje

—Ginette, casi 40 años en la universidad. ¿Cómo describiría su trayectoria desde aquella joven que llegó con una máquina de escribir hasta convertirse en la mano derecha de la Secretaría General?

«Ha sido un viaje de aprendizaje constante. Cuando llegué en 1988, todo era distinto; el mundo universitario era pequeño, muy familiar, donde todos nos conocíamos. Pasé por Servicios Generales, Finanzas, y luego encontré mi lugar en la Asesoría Jurídica y la Secretaría General. Lo que cambió mi perspectiva fue entender que mi labor, aunque silenciosa, era el engranaje que permitía que la universidad funcionara. No se trata solo de redactar decretos, sino de comprender que detrás de cada documento hay una gestión que impacta en la vida de estudiantes y funcionarios».

—Usted es conocida por ser una experta en resolver lo imposible. ¿Existe algún documento o situación que guarde en su memoria como el más relevante?

«Más que un documento específico, lo que guardo es la responsabilidad de lo que mis manos han procesado. Cada vez que llega un acuerdo del Consejo Superior o del Senado Universitario, soy consciente de que ese papel es la voluntad de la institución. El Estatuto Orgánico, por ejemplo, es el documento más importante que ha pasado por mis manos, porque es la columna vertebral de nuestra normativa. Es más, nunca imaginé todos los cambios que se iban a generar en nuestra Universidad, a partir de ese documento, como la Triestamentalidad.

Si me preguntas por algo que me marcó, fue el incendio que ocurrió al lado de mi casa y que puso en riesgo mi hogar (eso fue hace años). Recuerdo que, en esa ocasión, ver cómo mis compañeros fueron los primeros en llegar a ayudarme, me confirmó que esta institución es, ante todo, una gran familia».

El documento más relevante

—Para quienes no conocen el día a día de esta oficina, ¿cuál es el mayor desafío de gestionar tantos reglamentos, decretos y convenios al mismo tiempo?

«Sin duda, la precisión y el orden absoluto. Cada decreto tiene una historia y una consecuencia legal; no puedes permitirte un error en la tramitación de un convenio o en la redacción de una resolución, aunque si ocurren, siempre se busca enmendar o solucionar lo que sea necesario.  La clave es tener un archivo —hoy digital, antes físico— donde todo esté clasificado y al alcance. Pero, sobre todo, necesitas mucha prudencia. Manejas información sensible, conversaciones de poder y procesos complejos. Mi mayor éxito no es haber guardado los papeles, sino haber logrado que el sistema fluyera sin que nadie notara el estrés que a veces hay detrás».

—¿Cómo logra equilibrar esa enorme carga de información confidencial con la calidez humana que la caracteriza?

«Con mucha disciplina y, sobre todo, entendiendo que mi rol no es ser un obstáculo, sino un facilitador. Yo aprendí a ser ‘caja fuerte’ con la información, pero nunca distante con las personas. Cuando alguien llega a mi escritorio con un problema, no ven a una funcionaria que guarda secretos, sino a alguien dispuesta a buscar la solución normativa correcta. Esa ha sido mi forma de servir: ser rigurosa con los documentos, pero humana con quien los necesita».

—Usted ha trabajado con cinco rectores y múltiples autoridades. ¿Cuál es el secreto de su prudencia y eficiencia?

«La lealtad y la discreción. He aprendido a observar mucho y a hablar solo lo necesario. Siempre he seguido un principio que me marcó mucho cuando una jefatura me dijo: “Ginette, los aciertos son de ambos, y los errores son míos”. Cuando trabajas bajo esa premisa, generas una confianza que te permite desarrollar tus labores de manera tranquila. Mi disciplina no es impuesta, nace de la convicción de que mi espacio de trabajo es sagrado».

Espacio para jubilados

—Está próxima a jubilar. ¿Cómo visualiza su vida fuera de la universidad y qué es lo que más extrañará de este lugar?

Ginette se toma su tiempo para responder y vuelve a florecer una emoción que no logra disimular. «Extrañaré la rutina, la conversación diaria, el encuentro con los colegas en el pasillo o en el bus. Me voy con la satisfacción del deber cumplido. Mi recomendación para quienes se han ido integrando es que formen comunidad, que no permitan que el ambiente se vuelva frío. Y a propósito de la jubilación, me gustaría mucho que aquí en la Universidad se crearan espacios para nosotros, los jubilados, para no perder el vínculo, porque la universidad me dio una vida, y parte de mi corazón se queda aquí».

Pero atentos, porque la Universidad de Playa Ancha no solo fue el escenario donde Ginnette desarrolló su vida profesional, sino también el lugar donde el destino le tenía reservado su mayor regalo personal: el encuentro con su esposo (estudiante en ese entonces). Fue entre los pasillos y la dinámica diaria de esta institución donde sus caminos se cruzaron, dando inicio a una historia de amor que pronto se consolidó en una familia sólida y llena de afecto. Con la ternura propia de quien mira hacia atrás con gratitud, Ginnette reconoce que esta universidad ha sido el telón de fondo de su plenitud; aquí no solo construyó una carrera impecable, sino que también cimentó, con la misma disciplina y cariño, el hogar que hoy constituye su mayor orgullo.

—¿Qué mensaje le daría a las nuevas generaciones de funcionarios que llegan a la UPLA?

«Les diría que se comprometan. En tiempos de tecnología y prisa, a veces se pierde el sentido de pertenencia. No pierdan el sentido de pertenencia. Les pido que cuiden la institución, que la sientan propia. La clave para ser valorado y necesario en cualquier puesto es la dedicación y el orden. Pero, sobre todo, les diría que no olviden la humanidad: el éxito profesional es vacío si no hay un compañero al lado a quien saludar, con quien conversar y con quien construir día a día».

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