En la vida de Claudia Labarrera Gutiérrez no hay pausas, solo respiros breves entre un examen, una reunión de apoderados y diversas terapias. A sus 36 años, esta estudiante de Pedagogía en Educación Diferencial en la Universidad de Playa Ancha y madre de tres hijos —dos de ellos neurodivergentes—, tiene una historia que se levanta como un mapa de resistencia cotidiana. Porque si la educación es un derecho, para ella ha sido también una conquista, ganada a fuerza de desvelos y convicción.
A través de una conversación íntima y profunda, conocimos la fuerza de una mujer que se niega a rendirse y que, con cada paso, redefine lo que significa ser una estudiante universitaria en Chile.
Su vida no cabe en la categoría de “superación”, ese término gastado que tantas veces se usa para suavizar el sacrificio. Lo de Claudia va más allá: es una redefinición del verbo ´perseverar´. Mientras otros estudian en la biblioteca, ella lo hace en los pasillos de una consulta pediátrica o al borde de una cama infantil, entre horarios de clases y crisis de ansiedad, entre licencias médicas ajenas y su propia fatiga emocional. Sin embargo, allí está: avanzando, aprobando, soñando.
Claudia quiso ser profesora desde siempre, aunque la vida —esa maestra sin diplomado— le impuso otras prioridades. Tras terminar la enseñanza media en jornada nocturna, postergó la universidad durante años para cuidar a sus hijos. Hasta que en 2021, sintió que la vocación, lejos de desvanecerse, se había convertido en necesidad vital.
“Era el momento”, recuerda. Sus palabras se escucharon un tanto contenidas, pero con esa serenidad de quien ya ha peleado demasiadas batallas para buscar aplausos. Entró a la UPLA convencida de que estudiar no era un lujo, sino una forma de sobrevivir con dignidad.
-Claudia, tu historia está marcada por una larga espera para cumplir tu sueño de estudiar. ¿Qué te motivó a finalmente ingresar a la UPLA?
“Siempre quise estudiar algo relacionado con educación. Después de terminar mi cuarto medio en la jornada nocturna y pasar por varios obstáculos, el sueño de la pedagogía seguía latente. Me decidí por la UPLA porque me hablaron muy bien de sus pedagogías. Pese a que al principio pensé en incorporarme al Ejército, el destino y mi salud me llevaron de vuelta a la vocación. Sentía que era el momento y que no podía seguir postergándolo, a pesar de que ya era madre de tres niños. Era una necesidad personal y profesional”.
Su historia no solo es un testimonio personal de sacrificio, sino también una demostración del valor de la flexibilidad académica, especialmente, cuando reconoce a un estudiante y sus circunstancias. Esa diferencia fue lo que marcó (para bien) la vida de Claudia, su futuro y el de sus hijos.
Actualmente, en pleno proceso de práctica profesional en Quillota, esta joven madre ha navegado la carrera sorteando crisis familiares, problemas de salud y la pérdida de su red de apoyo. Sin embargo, su determinación se mantiene inquebrantable, impulsada por el deseo de ser un ejemplo inspirador para sus hijos (de 15,13 y 9 años) y para todas aquellas estudiantes que se sienten al límite.
-El apoyo familiar fue clave en los primeros años, pero el panorama cambió con nuevos desafíos. ¿Cómo afectó el diagnóstico de Trastorno de Espectro Autista en tus hijos?
“Fue un balde de agua fría, sobre todo lo de mi hija. Uno se enfrenta a una realidad diferente y a un rol de cuidadora mucho más demandante. Ambos tienen discapacidad moderada, lo que implica una contención constante y un manejo de situaciones muy delicadas. Esto coincidió con que mi mamá, que era mi principal red de apoyo, ya no pudo cuidarlos. Ahí me cambiaron todos los planes y el impacto se sintió inmediatamente en mi asistencia a la universidad. Hubo días en que el papá de mis hijos no podía llevarlos o buscarlos, y yo tuve que faltar, lo que me trajo serios problemas”.
Tal como ella misma comenta, el diagnóstico de Trastorno de Espectro Autista de dos de sus hijos impactó su vida. De pronto, su rol de madre se transformó en una labor terapéutica a tiempo completo. Y la universidad, que debía ser espacio de crecimiento, se convirtió en terreno de lucha. Las licencias de los niños no contaban; las inasistencias pesaban más que sus buenas notas. En medio de ese laberinto burocrático, Claudia aprendió que la inclusión no es solo un discurso pedagógico, sino una práctica institucional que, a veces, brilla por su ausencia. Eso, hasta que apareció en su camino, la Dirección General de Desarrollo Estudiantil (DGDE). Gracias a su apoyo, pudo reencauzar su trayectoria y continuar. Esa flexibilidad —tan simple y tan revolucionaria a la vez— fue la diferencia entre el abandono y la esperanza.
La clave: el apoyo institucional
-Mencionaste problemas de asistencia, lo que te llevó a extender tu carrera. ¿Cómo viviste ese proceso?
“Fue muy caótico y doloroso. La universidad no aceptaba las licencias, porque eran de mis hijos, no mías. Yo trataba de mantener un buen rendimiento académico, y por suerte mis notas no bajaron, pero la asistencia (a clases) fue mi gran barrera. Este año tuve que ingresar con Fondo Solidario por haber reprobado un ramo a raíz de esas inasistencias. Me cerraron puertas y hasta se me sugirió congelar. Me di cuenta de que no conocía las estructuras de apoyo como la Dirección General de Desarrollo Estudiantil, instancia que fue clave para poder continuar mis estudios y a la cual estoy muy agradecida”.
-¿De qué manera crees que las universidades debieran abordar la realidad de las estudiantes que son madres cuidadoras?
“Es vital que se abran y que se flexibilicen. Me consta que hay mucha deserción de mamás justamente por esto. Se invisibiliza nuestra realidad, y si bien se espera que el estudiante cumpla con el ideal, hay que entender que estamos tratando de salir adelante y necesitamos una mano. Me costó mucho la gestión, por eso espero que mi caso sea un precedente para que la próxima persona no tenga que pasar por tantas crisis de ansiedad y angustia, como yo”.
-¿En qué se tradujo para ti la orientación y apoyo que recibiste desde la Universidad?
“En un alivio enorme y algo clave para no rendirme. Yo estaba haciendo todas mis prácticas en Viña o Valparaíso, lo que implicaba cuatro horas diarias de viaje, sin contar las urgencias. Pude hacer la gestión gracias a la dirección que mencioné. Allí me orientaron cuando ya estaba desesperada. Y bueno, estar en Quillota me ha permitido alcanzar a ir a buscar a mis hijos a la escuela y tener un horario que, aunque sigue siendo exigente, es compatible con mi rol de cuidadora”.
-Hablando de tu rol como madre de niños neurodivergentes y estudiante de Pedagogía en Educación Diferencial, ¿dirías que tu experiencia de vida te da una ventaja única en tu carrera?
“¡Totalmente! Yo lo veía como un límite, pero mis compañeros siempre me decían: «Tu suerte es que eres mamá». Ser mamá ha sido la herramienta más fuerte que he tenido. Es como practicar en casa todos los días. A veces les muestro materiales de la práctica y ellos me dan su opinión. Mi experiencia con mis hijos me ha dado una sensibilidad y un conocimiento que va más allá de los libros, y que es fundamental para mi futuro rol profesional”.
El cierre de una etapa
Cuando Claudia imagina su titulación, se le humedecen los ojos. No tanto por el diploma, sino por lo que representa: demostrarle a sus hijos que el esfuerzo tiene sentido. “Quiero que vean que se puede”, dice, y su frase no suena a consigna, sino a promesa íntima.
-Terminas tu práctica en diciembre. ¿Qué imaginas que sentirás el día de tu titulación?
«Uf… creo que voy a llorar sin parar (ríe). Va a ser una mezcla de alivio, orgullo y amor. Siento culpa a veces por el tiempo que no les doy a mis hijos, pero terminar será como decirles: esto también fue por ustedes. Quiero que vean que se puede, que los obstáculos no definen los límites».
-¿Qué mensaje le darías a otras jóvenes que, como tú, están lidiando con la crianza, el cuidado y los estudios, y que sienten que están a punto de tirar la toalla?
“Que no están solas y que no dejen que los obstáculos se conviertan en límites. Sé que todos los semestres llega ese momento en que una piensa: “¿Y si congelo?”. Pero hay que mirarse al espejo y decir: «Yo puedo terminar, yo puedo». La perseverancia es el motor, y tienen que apoyarse en su vocación y en sus hijos. Ellos son la razón y la recompensa de todo este esfuerzo. Lo que estamos haciendo es un mérito enorme y debemos sentirnos orgullosas. ¡Hay que seguir!
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