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Afecto, emociones y formación emocional: orientaciones conceptuales

Introducción
Durante el último tiempo las emociones han atraído la atención del mundo educativo por diversas razones. Sea porque las y los profesores se ven sometidos a una alta carga emocional en su trabajo, situación que además se intensificó por la pandemia; porque sus emociones influyen sobre los procesos pedagógicos y resultados de aprendizaje; porque las relaciones al interior de las comunidades educativas se han transformado en una preocupación prioritaria; o también, porque hoy se asume que el profesorado debiera aportar al desarrollo afectivo de sus estudiantes y, por ende, el manejo de sus propias emociones constituye una condición primordial para lograr dicho objetivo, siendo por tanto un desafío central para la formación inicial y desarrollo profesional docente. En este sentido, el siguiente material constituye un esfuerzo sobre esta temática y, en particular, para orientar la realización de las diferentes actividades propuestas del Canal Emocional.
Las emociones constituyen a nuestro juicio el acceso más expedito para ingresar a la comprensión de la dimensión afectiva de la educación, un desafío cada vez más presente en las comunidades escolares y que se manifiesta a través del esfuerzo por mejorar los climas emocionales de aula, por desarrollar las habilidades socioemocionales en estudiantes, por cultivar el trabajo colaborativo entre docentes, por fomentar la convivencia escolar, por generar una cultura inclusiva, por promover el bienestar subjetivo de docentes y estudiantes, entre otros.
Desde un punto de vista más amplio, es importante destacar que la aproximación a estos estados mentales es un área especialmente prometedora para el desarrollo humano y sobre la cual se han dado importantes pasos durante las últimas décadas. Sin embargo, se trata de un ámbito que tensiona significativamente nuestros supuestos culturales más profundos sobre lo que entendemos por “saber” o “conocer”, y su complejidad provoca que sea abordado desde diferentes enfoques y dominios de conocimiento. Por tanto, es necesario señalar desde un comienzo que las ideas que se exponen más adelante están inspiradas en la neurociencia y, en particular, en la teoría de la emoción construida, un aporte de frontera en esta área y, por otra parte, en la psicología humanista, cuyo énfasis en la fenomenología ha sido un aporte fundamental no solo al trabajo psicoterapéutico sino también a la educación.

Autor: Octavio Poblete-Christie, docente de la Facultad de Ciencias de la Educación de la U. de Playa Ancha. Texto protegido como propiedad intelectual

¿Qué son las emociones?

Para aproximarnos adecuadamente a las emociones resulta fundamental referirnos previamente a los términos “afecto” o “afectividad”, pues su significado gramatical y cotidiano nos refiere estados como el cariño, el amor o similares, es decir, restringido sólo a vivencias que se experimentan de manera agradable o positivamente. Sin embargo, en el ámbito de las ciencias psicológicas, dichos vocablos apuntan a todo el espectro del sentir que va desde el agrado al desagrado. Tanto el temor a rendir un examen final como el disfrute de un beso con la persona amada caben dentro de la categoría afecto o afectividad. Por otra parte, es necesario destacar que el sustantivo “afectividad” y el adjetivo “afectivo” actúan como sinónimos de “emocionalidad” y “emocional” respectivamente. En cambio “emoción” corresponde a un fenómeno específico cuyas características iremos detallando más adelante.
Ahora bien, situándonos exclusivamente desde el ámbito psicológico, es imprescindible señalar que los vocablos “afecto” y “afectividad” se han utilizado tradicionalmente para caracterizar a diversos estados mentales de naturaleza cualitativa, como la motivación, los sentimientos, las emociones, los estados de ánimo u otros similares. Sin embargo, desde aproximaciones más recientes ha ocurrido un giro fundamental en el uso de estos términos pues la palabra “afecto” ha comenzado a utilizarse para hacer referencia a un fenómeno que está en la base de toda actividad mental y que se caracteriza por un flujo de sensaciones corporales que de manera global se perciben como agrado o desagrado. Es decir, de haber estado siendo empleada para para caracterizar a un conjunto particular de estados mentales, ha comenzado a ser usada para referirse a un fenómeno transversal a todos los estados mentales.
Por otra parte, las emociones constituyen un tipo particular de estado mental cuyas características principales, más allá de la diversidad de aproximaciones que existen para entenderlas, son: a) su breve duración; b) contar valencia e intensidad; c) surgir de manera espontánea; d) manifestarse con diferentes niveles de consciencia; y, e) experimentarse en el cuerpo.
Por último, es necesario señalar que la comprensión de las emociones ha variado significativamente durante las últimas tres décadas, transitando desde supuestos que consideran estos estados mentales como hechos esencialmente biológicos, innatos y genéticos a construcciones que cada persona realiza dependiendo del entorno donde se desarrolla. Debido a esto último es posible comprender, por ejemplo, que existen emociones que se reconocen en algunas culturas pero no en otras; o lo que una persona entiende por “enojo” no es necesariamente lo mismo que en otra persona. Asimismo, la manera de expresar las emociones también muestra mucha variabilidad. De lo anterior, es fácil comprender, que no todos nos enojamos por el mismo motivo o que no todos sentimos “el enojo” de la misma forma. Por tanto, la comprensión de las emociones como hechos objetivos y homogéneos es muy cuestionable, pues éstas varían significativamente de cultura en cultura y de persona en persona. En este sentido, intentar enseñar “lo que es” y “cómo se expresa” un enojo, resulta al menos cuestionable.

¿Por qué las emociones son importantes para el mundo educativo?

Al ser eventos espontáneos e intensos, las emociones constituyen una excelente oportunidad para acceder al afecto de manera consciente y comprender que la base de nuestra actividad mental es afectiva o sintiente, es decir, que funciona bajo la influencia del agrado o desagrado que experimentamos, todo lo cual nos entrega luces muy clarificadoras sobre el propio comportamiento y de las demás personas. Es decir, las emociones nos permiten comprender la naturaleza del comportamiento humano. A su vez, éstas entregan información valiosísima a las personas sobre sí mismas, permitiéndoles conocer su real disposición con el entorno y calibrar desde ahí su accionar. Una débil consciencia de nuestros afectos suele acarrear una serie de distorsiones para diagnosticar nuestro contexto interpersonal. Y además de todo lo anterior, hay algo más potente que permiten estos estados mentales desde el punto de vista educativo. Al tomar conciencia del afecto y las emociones, y analizarlos adecuadamente, las personas suelen comenzar naturalmente un proceso de autoconocimiento, provocando efectos virtuosos sobre sí mismos/as y sobre la manera de relacionarse con las personas.
Dada la influencia decisiva que tiene sobre nuestro comportamiento, el hecho de poder notar lo que sentimos nos permite modificar en tiempo real aquellas conductas, prácticas o hábitos que emanan de dicho sentir, sea porque, por ejemplo, nos parecen inadecuados o porque tienen un efecto negativo sobre las personas con quienes estamos interactuando en un determinado momento. Esto ocurre de manera aún más notoria con nuestras emociones pues al percatarnos de éstas podemos manejar reacciones que automáticamente suelen surgir a partir de éstas, otorgándonos, en último término, mayor flexibilidad para relacionarnos con las demás personas y también con nosotros mismos. Evidentemente, todo esto resulta crítico para desempeñarse adecuadamente en los espacios educativos y particularmente en el aula dada su enorme complejidad. Y si lo miramos desde la perspectiva de las y los niños y jóvenes, constituye una competencia fundamental a desarrollar durante su vida escolar con el fin de que, a futuro, ellas y ellos puedan afrontar las exigencias cada vez más dinámicas y complejas del mundo en que vivimos.
En cierta forma, es posible señalar que las emociones constituyen la principal ruta de acceso de una persona para incrementar su nivel de autoconsciencia emocional. Para comprender esto último es necesario aclarar que cuando hablamos de autoconciencia (sin apellido) nos estamos refiriendo a la habilidad o competencia de estar consciente de nuestra actividad mental general. Y dado que la mente funciona sobre una base afectiva, “estar autoconsciente” implica necesariamente notar lo que sentimos. Por tanto, dado que las emociones se manifiestan con más claridad que el resto de los fenómenos mentales, el incremento de la autoconsciencia “de las emociones” constituye no solo una forma de elevar el nivel de “autoconsciencia emocional” sino, sobre todo, una vía de excelencia para incrementar el nivel de autoconsciencia.
Por otra parte, cuando aprendemos a prestar atención y comprender nuestras emociones comenzamos casi naturalmente a aplicar dicha habilidad con las emociones de los demás, elevando nuestra inteligencia emocional o nuestras competencias emocionales2. Por tanto, es posible señalar que aprendemos dichas competencias de manera holística o integralmente y no por partes o de manera fragmentada.
La atención a estos estados mentales es una habilidad fundamental para nuestro desempeño interaccional y social. Sin embargo, muchas veces ni siquiera alcanzamos a darnos cuenta de que sentimos una emoción. Es frecuente que éstas cursen fuera de nuestra consciencia. Del mismo modo, es importante destacar que tomar consciencia de las emociones va de la mano con su percatamiento en el mismo momento en que éstas surgen, es decir, en tiempo presente (o en “el aquí y ahora”), lo cual suele constituir un aprendizaje no tan simple de alcanzar. Si bien es frecuente que las personas notan sus emociones, es común que lo hagan con posterioridad al momento de haberlas experimentado lo cual, evidentemente, impide maniobrar sobre ellas. La variable temporal es fundamental para desarrollar y evaluar esta habilidad.
2 La “inteligencia emocional” es un concepto que fue acuñado en la década de los noventa del siglo pasado y que puso de manifiesto la importancia de gestionar las propias emociones. Asociado a lo anterior surgió el concepto de competencia emocional (algunas veces propuesto como competencia socioemocional; o en plural, como competencias emocionales o competencias socioemocionales).
Referencias

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Fried, L., Mansfield, C., & Dobozy, E. (2015). Teacher emotion research: Introducing a conceptual model to guide future research. Issues in Educational Research, 25(4), 415-441. https://ro.ecu.edu.au/ecuworkspost2013/2484
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